ROCE DE OPINIONES
Periodismo sin condiciones
Escribe Juan Manuel Morales Parra
CONFRONTACIÓN Y SECTARISMO POLITIQUERO
El maridaje entre la polarización y el fanatismo en Colombia, cada día
se torna más enfermizo; carente de ideología política, marcada con sello
extremo de intolerancia, atentando sin consideración alguna contra nuestra
democracia.
Debido a esas posiciones extremistas, y tomando como referencia los
datos entregados por los estudiosos del área socio-política, se demuestra que
hay familias distanciadas, amistades rotas, conversaciones sin argumentos
sólidos para debatir idearios políticos, limitándose a señalamientos de extrema
derecha o extrema izquierda; sin dejar de lado al grupo de los “tibios”,
quienes de manera acomodada juzgan a los radicales, y en el momento de las
elecciones, buscan la zona de confort.
La autenticidad política en Colombia, se ha convertido en una condena
absoluta a la oposición, desprestigiando la imagen del contendor y descuidando
la retórica propia; buscando culpables, en lugar de buscar beneficios que unan
a los colombianos.
Más que una cuestión de personas que polarizan, lo que ha ocurrido en
los últimos años en nuestro país es que, las identidades y la oratoria política
cambiaron rotundamente, fortaleciendo la politiquería, la demagogia, el
sectarismo y la polarización, convirtiendo la democracia en una colcha de
retazos, para darle paso a un sistema autoritario, desbaratando acuerdos
fundamentales de una sociedad democrática, y que para los expertos es un
mecanismo devastador.
Polarizar, es tirar al abismo pensamientos ideológicos diferentes,
volviéndolos irreconciliables, defendiendo únicamente los intereses de unas
minorías, transformándola en identidades fanáticas, bajo una doctrina
dictatorial. De manera espontánea ha tomado eco.
En tiempos antiquísimos, el buen político se caracterizaba por ser un
gran estadista, y al demagogo se le tildaba de populista y corrupto, con
habilidades en la oratoria para engañar; tratando de conseguir o atornillarse
en el poder.
Cuando el populismo y el radicalismo predomina en lo público, se aumenta
el índice de corrupción, y curiosamente, suele victimizar al que ostenta el
poder, sin importar en que rango se encuentre. Por eso hay que rechazar
al político populista o demagogo, y darle la bienvenida al político coherente,
libre de ataduras politiqueras, con propuestas de políticas públicas
realizables, que coadyuven a afianzar nuestra democracia, y que nos acerque a
escenarios repletos de tolerancia y respeto por la diferencia.
La falacia, es el común denominador de la polarización y la demagogia,
alimento preferido del resentimiento social en todas las esferas. El argumento
más común del fanático politiquero y del demagogo es: atacar y desprestigiar
sin elementos de juicio a su contendor político; logrando con ello, distraer a
la audiencia, descuidando en su totalidad la argumentación que debe llevar un
verdadero debate electoral.
El pueblo colombiano debería saber por qué le apuesta a la discrepancia
y al fanatismo, puesto que, lo único que esta turbulencia produce, es un
estallido social.
Da grima, que nuestra amada Colombia, se vea afectada por un rebosado
odio entre “Abelardistas” y “Cepedistas”, aplaudido por los “tibios”.
¡Qué desgracia!
Llegó el momento de reaccionar y actuar con sabiduría contra la guerra
de poderes que nos envuelve a todos. Es hora de reflexionar, fortaleciendo
espacios de convivencia y cultura ciudadana para que ayudemos a eliminar el
señalamiento y la condena.
Apliquemos una buena dosis de paciencia para que acabemos con esas
plagas tan dañinas llamadas: confrontación y sectarismo politiquero.
Salgamos a votar con absoluta persuasión, alejados de cualquier tipo de manipulación.
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